domingo, 10 de diciembre de 2017

Primavera de diciembre

-By Laura Ramón Andréu


El otoño ha cambiado, es diferente, no es el mismo.

El frío se ve incapaz de refugiarse en mi cuerpo, y se frustra, se enfada porque me he vuelto inmune a su poder, el mismo que daña a tantos corazones cuando llega la medianoche. Sin embargo yo ya no lo siento pues empieza a habitar dentro de mí un ardor que ha surgido sin apenas predecirlo, se ha adueñado de todo y ha arrasado con las pesadillas que reinaban en mis días, destruyéndolas, y así ese ardor se ha proclamado monarca de mis noches, porque es entonces cuando echa en falta aquello que en un principio no quería que llegase.

Y mi voz se rompe con sus ansías de gritar que se ha cansado de callar y que sólo le apetece volver a resurgir de la oscuridad en la que se había hundido. Sedienta de tantas cosas que quiere susurrar en aquel oído que sabe que escucha.

Lo mismo ocurre con mis ojos, con distinta mirada, que contemplan algo que hacía ya tiempo no veían, y que quizá nunca consiguieron ver.

Bailo por las calles de la ciudad en la madrugada y no me siento sola, sino libre y un sentimiento más que no sé identificar se cuela por las heridas que ya cerraron sin dolor. Dando pisadas sin temor, con la valentía que ha adquirido tras el cambio de armadura.

Tal vez sea que al mismo tiempo que las hojas ocres caen de sus árboles madre y se depositan con ligereza en el suelo helado por las suaves lluvias, sufriendo así su solitaria muerte, en mi interior se ha inaugurado ya la primavera en pleno diciembre, haciéndome florecer como nunca antes me había ocurrido.

Otoño, con sabor dulce en los labios de aquel que resucita utilizando sus besos.

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