domingo, 8 de enero de 2017

En el puente a la medianoche

Debido a la petición de varios de mis seguidores he decidido publicar un microrrelato que realicé hace un tiempo y fue la historia corta ganadora del concurso <<Buscando a un Nobel>> de la Librería Nobel de Orihuela, Alicante.

Todos los derechos de esta historia están reservados.

-By Laura Ramón Andréu
08 Enero 2017

En el puente a la medianoche.

     Nunca me había parado a contemplar la ciudad de manera tan intensa y menos desde aquella perspectiva. Bien porque siempre me han dado miedo las alturas o bien porque en mi cabeza no cabía la posibilidad de tener que irme, dejándolo todo y queriendo recordar cada detalle de donde he pasado mis dieciséis años de vida. Pero las cosas habían sucedido así tal vez porque el destino lo quería y yo no soy nadie para contradecirlo.

     La mayor parte de la localidad, por no decir toda ella, conocía el hecho de mi partida. Yo se lo había notificado a a mis vecinos y amigos, mientras que mis padres lo mencionaban a mis profesores y al resto de la familia. La única persona que lo ignoraba era Guillermo. Desde que me enteré, hacía ya dos meses, de que teníamos que marchar pensé en millones de formas de contárselo y lo intenté otras mil, pero me era imposible. Ese día era el momento de decírselo, ya que en diez horas estaría en un avión en el que diría adiós a mi país, y por tanto no volvería a verle.

     Cuando le propuse de quedar en el puente de la ciudad un domingo a las doce de la noche su mirada reflejó un asombro bastante notable. Su reacción era normal puesto que ese día de la semana nunca salgo de casa y que mi hora límite de llegada era una hora menos de la acordada. Por lo que imaginé que le resultaría extraño. Todavía no sé si había hecho lo correcto, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

     Llevaba fingiendo que dormitaba alrededor de una hora, esperando a que todos se fuesen ya a sus respectivas habitaciones. Y a menos cuarto de la medianoche, cuando ya solo se oía algún que otro ronquido de mi padre, me levanté con sumo cuidado. La idea de meterse en la cama con la ropa puesta me estaba resultando eficaz. Salí de mi habitación y me desplacé por el pasillo como si de un ladrón profesional se tratara. En el recibidor cogí mis llaves y cerré la puerta con sigilo, pero a la vez con una tensión en el pecho por si se me escapaba y daba un portazo. Di gracias de que no fuera así.

     Las calles a esa hora no son muy apetecibles que digamos. El silencio de la noche se metía en mis entrañas de manera desafiante. Los perros de los alrededores lanzaban aullidos largos y llenos de soledad al cielo tintado de aquel negro azabache. Los parques desiertos, esperaban a que la luz del alba les iluminara para poder disfrutar de nuevo de las risas de los más jóvenes.

     Mi paso era rápido pero dudoso. No deseaba toparme con nadie que me ocasionara problemas. Al cabo de diez minutos de miedo y adrenalina entrelazados, pude llegar al viaducto sin problema alguno. Él todavía no estaba allí. Lo cual podía ser mejor o peor. No sabía que hacer así que decidí quedarme ahí, quieta, observando la ciudad. Era increíblemente preciosa, desde cualquier ángulo. Lo malo es que hubiera tardado toda mi vida en darme cuenta.

     Unos pasos se oyeron detrás mía. El terror se introdujo en mi cuerpo y me paralizó. Pero me giré como si eso no me estuviera ocurriendo. Lo primero que percibí fueron sus cabellos rubios que hacían resaltar sus ojos verdes y su tez pálida.

     —Guillermo— dije en un suspiro de alivio que se iba acercando al nerviosismo.

     —Beatríz.

     Me miró. Seguramente estaría intentando encontrar una respuesta a lo que estaba pasando en ese momento. Y así hizo notar su duda:

     —Bea, ¿qué ocurre?

     —Yo... —tragué saliva—Guille, ¿te acuerdas de este lugar?

     Al  principio me contempló extrañado y sin comprender. Tras unos instantes de inseguridad, asintió.

     —Este es el lugar donde nos conocimos hace cinco años—sonrió— pero ¿por qué estamos hoy aquí?

     Era el momento. Tenía que hablarle sobre lo que había estado ocultando durante ocho semanas.

     —Como tú has dicho, este es el lugar donde nos dijimos nuestro primer <<hola>>. Por eso he pensado que era el sitio adecuado para nuestro último y más doloroso adiós.

     Se quedó tan blanco como el papel y sin mover ni un solo músculo. Me acerqué a él en un único paso. Su mirada se dirigía al suelo, pero él no observaba ninguna cosa en concreto.

     Levantó la vista y su cara pedía a gritos una explicación. No paraba de negar con la cabeza, no comprendía nada.

     —Nos vamos a Inglaterra.—me miró confuso—Mi padre ha encontrado un buen trabajo allí y mi madre ha pensado que sería una buena oportunidad para mí estar en ese país.

     —¿Pero cuánto tiempo estarás fuera? ¿Y cuándo os marcháis?—su voz sonaba dolida y destrozada.

     —El contrato es de dos años. Creo que solo vendremos en fiestas y demás.—hice una pausa y tomé aire—Nos vamos hoy a las siete.

     —¿Hoy?

     No respondí. Una lágrima se deslizó por su rostro pero enseguida se la restregó para que no viera su debilidad. Sus ojos se clavaron en mí. Puso una mano en mi cintura y la otra se acercó a mi mejilla y me acarició. Nunca antes habíamos estado tan cerca el uno del otro, a tan corta distancia. Solo unos centímetros nos separaban. Me gustaba esa sensación.

     —Bea—le temblaba la voz—eres mi mejor amiga desde hace ya cinco años. Al principio eras solo eso para mí, pero ahora eres más, mucho más. Te quiero y...—su voz se cortó de pronto—...Y estoy enamorado de ti Beatríz.

     Y me besó. No hay suficientes palabras en el diccionario para poder describir toda la felicidad que habitaba en mí en ese mágico momento. Y entonces me di cuenta de que yo sentía lo mismo por él. Pero ya no servía de nada.

     —Y yo a ti— él me miró con un hilo de esperanza, pero no duró mucho tiempo—te echaré de menos Guillermo.

     Le di un beso en la mejilla y lo agarré fuerte de la mano para después soltarla despacio. Antes de irme observé otra vez esos ojos color menta que siempre me habían hecho estremecer.

     El trayecto hasta casa lo pasé llorando hasta que no me quedaron más lágrimas. No sabía porque estaba así, quería sollozar, lo necesitaba. Tenía que eliminar toda la rabia que se encontraba en mí en ese momento. Cuando llegué a casa cerré la boca automáticamente para que nadie se percatara de mi llanto. Me metí en la cama con cuidado y me mordí el labio para evitar emitir ningún ruido. No recuerdo cuándo, ni cuánto tiempo tardé, pero me quedé dormida.

     El escandaloso sonido de la alarma me despertó. Eran las seis de la mañana. Apagué el despertador y apoyé mi cara sobre la almohada. Seguía húmeda por toda la noche llena de esas saladas gotas de agua que nacían en mis ojos color café. Me levanté de la cama y me vestí. No tenía ganas de ir muy arreglada, por lo que me puse lo primero que vi en el armario.

     El desayuno de toda la familia se encontraba en el comedor. Era la última vez que comeríamos allí. En aquella casa en la que me he criado y he permanecido toda mi vida. Todos nos mantuvimos en silencio. Debíamos aprovechar cada detalle, cada sonido por pequeño que fuese.

     Después de un largo trayecto en taxi llegamos al aeropuerto, tarde.

     No sé por qué lo hice y todavía sigo sin saberlo, pero antes de subir al avión miré a mi alrededor. No recuerdo si fueron unos segundo o estuve varios minutos. Y, sin quererlo, se me escapó una lágrima. Él no estaba allí. De todos modos ¿por qué iba a estarlo? Esas cosas únicamente ocurren en las películas y la vida nunca transcurre de ese modo.


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